Historia de su investigación

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Eritrocitos La historia de la investigación sobre la eritropoyetina está estrechamente ligada con el aumento de conocimientos sobre el origen y función de la sangre. Ya desde principios de la historia, se le daba gran importancia a la sangre por proporcionar vitalidad al ser humano. En muchos círculos culturales, la sangre era el centro de las ceremonias rituales. A menudo, la sangre de un animal fuerte o un enemigo muerto se administraba para transmitir su fuerza y ánimo al receptor. En la misma Biblia se pone de manifiesto su importancia; en el libro 3 de Moisés, capítulo 17, versículo 11 se dice: “Porque la vida de la carne está en la sangre (…)”.

Jean-Baptiste Denis (* 1643, † 1704), un médico de la corte de Ludwig XIV y el cirujano Paul Emmerez († 1690) fueron los primeros en efectuar con éxito la primera transfusión de sangre para tratar una anemia, el 15 de junio de 1667 en París. El estado del paciente mejoró mucho cuando le transfundieron sangre de un cordero. El ginecólogo y obstetra inglés James Blundell (* 1791, † 1878) llevó a cabo en 1825 la primera transfusión homóloga afortunada en un hombre que padecía una fuerte hemorragia, y que recibió la sangre de su hermano. Sin embargo, el origen exacto para el resultado de sus terapias permanecía desconocido para los médicos que lo trataban. Sólo a mitad del siglo 19 se produjeron los primeros conocimientos fundamentales sobre el origen y la función de la sangre, cuando Felix Hoppe-Seyler descubrió la hemoglobina y Ernst Neumann el papel de la médula como lugar de formación de la sangre.

En 1863, el médico francés Denis Jourdanet reconoció indirectamente la relación entre una menor presión parcial de oxígeno y la elevación de los niveles de eritrocitos, cuando llevaba a cabo reconocimientos de hematocrito a personas que habían estado mucho tiempo viviendo en las alturas de los Alpes. Jourdanet constató que la sangre de estas personas era más viscosa que la de sus pacientes “normales”. Friedrich Miescher descubrió la relación directa en 1893. Miescher describió la formación de eritrocitos como resultado de una disminución de oxígeno en la médula. Sobre esta base, hubo intentos para tratar la anemia por medio de la hipoxia inducida.

En 1906, el francés Paul Carnot (* 1869, † 1957) y su colaboradora Catherine Deflandre plantearon por primera vez la hipótesis de que un factor humoral regula la formación de sangre. Su hipótesis se basaba en experimentos con suero sanguíneo de conejos anémicos, cuyos glóbulos rojos aumentaban de forma considerable tras inyectarle suero de conejos sanos. Sin embargo, los intentos de numerosos investigadores por reproducir los resultados de Carnot y Deflandre fallaron. Sólo con el empleo de fenilhidracina, una sustancia química hemolítica que induce la anemia, otros investigadores, como por ejemplo en 1911 Camillo Gibelli de la Universidad de Génova, pudieron mantener la hipótesis de Carnot. Otras indicaciones para la corrección de la hipótesis del factor humoral fueron experimentos en los cuales la formación de sangre podía forzarse en animales normales mediante el suero de animales que eran mantenidos en condiciones de hipoxia. En este sentido, Georges Sandor (* 1906, † 1997), del Instituto Pasteur, obtuvo un éxito considerable en los años 30. Finalmente, en 1948, dos nefrólogos finlandeses, Eva Bonsdorff (* 1918) y Eeva Jalavisto (* 1909, † 1966) le dieron el nombre de eritropoyetina (EPO) a este factor.

Como verdadero “descubridor” de la EPO suele considerarse a Allan Jacob Erslev, que publicó en 1953 los primeros artículos científicos en los que se probaba sin duda alguna la existencia de la eritropoyetina. Sin embargo, Eugene Goldwasser fue otra figura clave en la investigación de la EPO. En 1954, él y su grupo de trabajo de la Universidad de Chicago confirmaban los trabajos de Erslev con resultados propios. Goldwasser y su colaborador Leon Orris Jacobson pudieron demostrar en 1957 que la EPO se forma en el riñón, y en 1977 aislaron por primera vez EPO de la orina humana. En 1983, Fu-Kuen Lin, un empleado de Amgen, identificó el gen de la EPO humana. En 1984, Sylvia Lee-Huang, de la Universidad Médica de Nueva York, informó por primera vez de la clonación y expresión de EPO humana recombinante (rhEPO) en la bacteria Escherichia coli; y en 1985 también se logró en células de mamífero. De esta forma se hizo posible la producción en grandes cantidades de EPO recombinante.

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